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Entrevista al presidente de la APD Victorio Magariños en El Correo Gallego

Siempre ha reconocido lo importante que fueron sus padres en su formación, como persona y jurista, ¿con qué se queda?

Con el ejemplo de su integridad moral y su espíritu de servicio y ayuda a los demás. Mi padre, quizá sin proponérselo, ejerció en mí una influencia decisiva, con su sentido de la equidad, tolerancia y valentía para oponerse a cualquier abuso o injusticia, además de su cultura asimilada y profunda.

Seguramente, también guardará recuerdos entrañables de algunos profesores...

Los maestros de escuela de aquella época tenían gran vocación y buena preparación; gracias a dos de ellos, de mi pueblo, preparé y me examiné –por libre– de algunos cursos de bachillerato en el Instituto de Santiago. De la etapa universitaria destacaría a Álvaro d’Ors, catedrático de Derecho Romano que fue determinante en mi vocación y mi carrera de jurista.

Una carrera, por cierto, abrumadora, ¿por qué eligió notariado?

Por su especialización en el derecho privado –el ámbito que yo más apreciaba– y por el propio contenido de la función y la independencia con que se ejerce. El programa de la oposición, además, me pareció más asequible y razonable, y permitía profundizar en las instituciones del derecho civil.

Dada su formación humanística, tal vez le ‘pegaba’ más la docencia o a la carrera judicial...

Me interesaba el derecho vivo, la aplicación y creación jurídica para resolver problemas reales. La carrera notarial ofrecía un buen marco para el estudio del derecho, y a la vez, su aplicación práctica, además de ser compatible e incluso complementaria con la investigación jurídica y la docencia, dentro o fuera del propio notariado.

Digamos que apreciaba menos la función judicial...

Todo lo contrario, siento una gran admiración por ella; las sentencias judiciales constituyen la última palabra sobre la norma jurídica. Aun así, consideré que la prevención de conflictos a través de la función notarial encajaba mejor con mis aptitudes y preferencias.

Su vida profesional ha tenido gran vinculación con Cataluña, ¿cómo diría que son los catalanes?

Trabajadores, dotados para la actividad mercantil, emprendedores, cercanos, sencillos, comunicativos y valoran mucho la cultura, cualidades que favorecen la comunicación e integración.

¿Cómo ve el encaje de los sentimientos de identidad en Cataluña dentro del conjunto de España?

Esa cuestión requiere una terapia desde dentro de Cataluña –donde existe sustrato intelectual suficiente–, y desde luego, el cumplimiento de las exigencias del Estado de derecho. En principio, en un sistema democrático no debería haber problemas graves de incompatibilidad y choque con el resto de regiones; por el contrario, sus singularidades se desarrollan con más intensidad en una sociedad no cerrada.

Visto así, coincido en que no debería haber problemas, pero nada más lejos de la realidad...

Sobre todo en los últimos años, se ha producido un fenómeno desorbitado y patológico, de en-cerramiento en sí mismos, lo que hace pensar en una falta de confianza en sus cualidades, en un miedo a que se diluyan si no se protegen de imaginarios influjos destructivos externos, lo que es un grave error a mi juicio.

¿Cuál cree que es la causa de ese comportamiento erróneo?

Son varias... la miopía de los políticos catalanes, que en lugar de expandir los valores de su región, han provocado la llamada inmersión, que no solo es lingüística, sino también psicológica; una pésima gestión de la cosa pública de los gobiernos catalanes, que tratan de disimular y ocultar derivando la culpa hacia otros ámbitos; falta de sabiduría política de los gobiernos centrales, que no han sabido encauzar a tiempo tal deriva; así como una pusilánime dejación de las funciones propias del Estado.

Vd. también trabajó durante muchos años en Andalucía, hábleme de los andaluces...

Andalucía es extensa y diversa, son muy distintos los andaluces de Granada o Jaén de los de Sevilla o Cádiz; en general, se sienten seguros de sus cualidades y su valoración los hace confiados. Sin embargo, la adaptación a su estilo es más difícil, sobre todo en Sevilla, donde existe una personalidad muy acusada, enraizada en linajes y familias, un excepcional sentido natural de la belleza y cierta elegancia distante que les hace especialmente diferentes.

Durante los años que vivió en esa ciudad, ¿llegó a acostumbrarse del todo al entorno social?

Sí, estoy casado con una sevillana... ¡Mal me iría! (Reímos). Tardé tiempo en entender de manera receptiva el modo de ser sevillano, que es muy difícil para el que no ha nacido en su bellísima ciudad, pero quizá por mi formación gallega, tan enraizada con el talante universal y pacifista, siempre intenté comprender, aprender y aportar, desde mi actividad, lo que pudiera ser útil al enriquecedor mundo emocional de Sevilla.

Echaría de menos los giros en el lenguaje o el acento gallego...

Nunca dejé de utilizarlos, en contraste y compitiendo, primero con el catalán, cuando vivía en Cataluña, y después con el agradable y ocurrente modo de hablar sevillano, sin contar la lectura de autores gallegos y las largas y frecuentes conversaciones con amigos de Galicia. Desde que vivo en Madrid, mi relación con gallegos es constante.

Le pediría que me describiese a los gallegos, si es que no le cansa este juego sociológico...

Tenemos caracteres que facilitan la adaptación y la integración; sobre todo, un sentido universal, la admiración por el talento y la inteligencia allí donde se den, y la confianza en que el trabajo bien hecho será valorado en cualquier lugar.

Los gallegos nunca han tenido problemas de identidad...

Creo que la identidad gallega tiene en sí la fuerza necesaria para la pervivencia y no necesita aislarse o encerrarse para defenderse de enemigos externos imaginarios; por el contrario, ese espíritu universal del que antes le hablaba es causa de su expansión y de que se reconozca en todos los lugares del mundo. Los valores o caracteres propios de Galicia no se diluyen, sino que subsisten allí adonde el gallego universal y emigrante se va... ¡El gallego tiene mirada de largo alcance que traspasa el ámbito de su territorio!

Le propongo que ahora nos centremos en su profesión, ¿ha cambiado mucho el notariado?

En los últimos años ha habido cambios en la sociedad que han afectado a todas las actividades. El crecimiento económico y luego la crisis, unidos a la integración forzada dentro del notariado de un cuerpo que tenía criterios distintos, han perjudicado el rigor tradicional de la función notarial, que habrá que ir recuperando.

La figura del notario en España, ¿es comparable a la que existe en otros países de nuestro entorno?

El notariado español forma parte del llamado notariado latino, propio de la Europa continental e Iberoamérica, en el que la función notarial tiene un ámbito funcionarial más o menos intenso –según los países– y un componente de asesoramiento y control de legalidad. Al lado de este sistema está el anglosajón, en el que no se conoce esa figura de protección, pues sustituyen la seguridad preventiva por un seguro de indemnización que se ha revelado muy insuficiente, sobre todo después de la crisis económica que padecemos.

Veamos la importancia de la función notarial en la actualidad...

Cada vez es más útil y necesaria, y le incumbe una labor más intensa de amparo del negocio jurídico. La complejidad y modificación continua de las leyes, la proliferación de cláusulas impuestas –extensas e ininteligibles– o la desaparición de valores morales y sociales, como el no respetar la palabra dada, reclaman una institución que aporte confianza, eficacia y garantía de validez a la contratación.

¿Son de desear entonces cambios en la normativa reguladora?

Se han realizado cambios para incorporar las nuevas tecnologías, que agilizan la actividad notarial y facilitan la comunicación con la Administración, evitando trámites innecesarios. Además, la desjudicialización de ciertos actos de la llamada jurisdicción voluntaria ha dado mayor alcance a su función.

¿En qué áreas?

Se ha ampliado, entre otras, a la celebración del matrimonio, la separación o divorcio ante notario, la subasta electrónica notarial o la reclamación de deudas dinerarias tramitada por notario. No obstante, son necesarios cambios en su normativa que aseguren que la función se realiza de modo eficiente y generen confianza.

Quizá habría que modernizar de algún modo el notariado...

Desde luego. Se requiere, por ejemplo, humanizar el sistema de oposiciones, y que lo relevante no sea la memorización del mayor número de datos posible para recitarlos en un determinado tiempo a modo de competición, sino la comprensión de las instituciones jurídicas y su relación entre ellas.

¿Y en materia de formación?

Es evidente la necesidad de crear una escuela de formación, en la que el notario recién titulado pueda adquirir un mínimo conocimiento práctico para ejercer su función. Es preciso, además, propulsar la formación continua de los notarios en todos los ámbitos, desde el tecnológico hasta el deontológico.

Vd., que ha escrito bastante sobre deontología, ¿dónde cree que se asienta la ética notarial?

Principalmente, en tres pilares: recoger estrictamente la verdad, cumplir rigurosamente las reglas que garantizan la seguridad y eficacia de los contratos que el notario autoriza, y la imparcialidad. Como los dos últimos pilares han sufrido infracciones en los últimos años, por la tendencia a intervenir en el mayor número de documentos, convendría adoptar medidas que eviten que un notario pueda autorizar más documentos de los que personalmente puede, si cumple con rigor su función que es indelegable.

También le interesa la seguridad jurídica en nuestro país, definamos primero ese concepto...

La seguridad jurídica es la médula del Estado de derecho, la garantía de que las normas no sean arbitrarias y sí duraderas, claras, y coherentes, y que se cumplan. Cuando estos principios no se siguen, se crea intranquilidad, malestar social y empobrecimiento.

¿Existen problemas de seguridad jurídica en España?

Ha habido un incumplimiento sistemático, sobre todo cuando se ha gobernado con mayoría absoluta. El abuso de decretos leyes, la pasividad del Estado ante el incumplimiento reiterado de normas, y los cambios continuos en algunas leyes, generan incertidumbre y revelan una falta de seriedad y reflexión en el ámbito legislativo.

En sus artículos, analiza además el deterioro del Estado de derecho en el país, que al parecer no es fácil de remediar...

Difícil solución tiene tal deterioro, dada la deriva de los partidos políticos hacia una profesionalización, sectarismo y pragmatismo que les hace rehuir de cualquier medida que les aleje de su objetivo principal, que es la permanencia en el poder. Han demostrado una falta de lealtad constitucional y democrática, imprescindible en un Estado de derecho, y la sociedad debería ser más exigente en esto.

Hablando de cambios en las leyes, ¿ve necesario modificar nuestro Código Civil, que data de 1889?

Se está trabajando en una interesante propuesta de nuevo código que deberá tenerse en cuenta para que, previo estudio por juristas que deberán aplicarlo, se pondere si conviene, sustituir el código vigente por otro, con regulación y estructura nuevas que plantearían serios problemas de aplicación y coordinación con el ordenamiento jurídico en general, o hacer una modificación que lo actualice, respetando su estructura y regulación básica, lo que haría más fácil su aplicación.

Vd. es partidario de suprimir la legítima en las herencias, ¿me explica sus razones?

En el momento actual no existe fundamento de peso que justifique la limitación a la libertad de testar. La legítima supone una infracción al principio de libertad de disponer, ínsito al derecho de propiedad –que es base de la libertad– y no cumple función social alguna que pudiera justificarla.

victoriomagarinosblancoUn cambio en ese sentido sería bien recibido por los testadores...

No tengo duda alguna. Cuando quieren, por ejemplo, dejar a su cónyuge la vivienda –único bien en la mayoría de los casos– y se les dice que no pueden porque la ley lo prohíbe, expresan sistemáticamente su rechazo ante la injusticia que supone que la ley imponga, de manera ciega, el modo de reparto, al margen de merecimientos y afectos que solo el testador puede ponderar. Únicamente los deberes de asistencia a menores y personas necesitadas, derivados de la convivencia y filiación, justificaría su repercusión sucesoria.

D. Victorio, en el marco de esta charla sobre temas tan profundos, si le pidiera que se definiese, ¿diría que es iusnaturalista o positivista?

Ante todo, quisiera decir que el derecho, como conjunto normativo sin más fundamento que la mera emanación del poder, conduce a la opresión, por muy democrático que sea su origen. Es la justicia la que constituye la clave del derecho, al permitir que este cumpla su objetivo, que es la paz social; a su vez, a la justicia se llega mediante la confluencia –de modo compatible– de los valores igualdad, libertad y seguridad.

Pero no es fácil alcanzar esa compatibilidad...

Cierto, porque esos valores son relativos y de difícil coexistencia equilibrada; en ellos influyen circunstancias históricas, económicas, avances técnicos... de ahí la gran dificultad de alcanzar la justicia, a la que se llega por aproximación. Este modo de entender el derecho, que podría considerarse una variante del iusnaturalismo, es el que suscribiría hoy.

Vamos terminando, y me gustaría que comentase los objetivos de la Asociación para el Diálogo, que actualmente preside...

Pretende fortalecer la llamada sociedad civil para que sea más comprometida, generar ilusión y ofrecer ideas para el perfeccionamiento de la política y la sociedad. Para ello, se propone analizar y debatir sobre problemas éticos, científicos, sociales o políticos, sobre todo, los que incidan de modo directo sobre el ciudadano.

¿Qué motivó su creación?

El deseo de corregir, en lo posible, la pasividad de los ciudadanos, que después de aprobarse la Constitución se confiaron en exceso y permitieron que los partidos políticos se incrustaran en las instituciones, incluso en las no políticas. La idea era contribuir a que la sociedad fuese más viva y participativa.

Sr. Magariños, lleva muchos años viviendo fuera de Galicia, ¿qué le ata aún a su tierra?

Tengo dos hermanas en Pontecesures y mi segunda residencia en San Vicente del Mar, O’Grove, un auténtico paraíso terrenal en el que paso el mayor tiempo posible y donde me encuentro con las sensaciones y vivencias más íntimas, que hacen de mi estancia en Galicia una felicidad. El recorrido diario, atravesando la península de O’Grove a través de una pequeña corredoira, que aún se conserva rodeada de zarzas y laureles, no tiene comparación con ningún otro. 

 

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